La Cabaña
By B. L. Miller
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Gabrielle descansó boca arriba, mirando al techo. Xena, satisfecha, dormía a su lado. Los pensamientos de la bardo reproducían una y otra vez lo que acababa de ocurrir. Había sido divertido, pero aún sentía que faltaba algo. Era agradable, sentimental, embriagador. ¿No era eso lo que había querido? Había querido que Xena la amara, que poseyera su cuerpo y le hiciera el amor una y otra vez, y así había sido. ¿Entonces qué faltaba? Gabrielle rememoró su propias fantasías eróticas, aquellas que tenía antes de haber hecho el amor con ella. Una sonrisa se abrió paso en su rostro al encontrar la respuesta. Xena estaba siendo demasiado cuidadosa, demasiado delicada. La primera vez se había visto atraída por su lado oscuro. Había contemplado su pasión en el calor de la batalla muchas veces. Se dio cuenta de que era esa pasión la que necesitaba ver en aquella cama. Se puso de lado y besó a Xena en la mejilla.
-Mmm -susurró la guerrera elevando sus brazos y envolviendo con ellos a su amante. Las manos de Gabrielle descendieron cubriendo sus pechos, resucitando el deseo en el interior de Xena-. Gabrielle... -gimió. La narradora llevó sus labios hasta el oído de Xena. Habló con una voz suave, quebrada, repleta de deseo y necesidad.
-Xena, te necesito. Necesito que me poseas... necesito sentir tu pasión... tu deseo... Quiero perderme contigo... Deja de cuidarme. -Dijo estas últimas palabras en un tomo más autoritario, un tono que Xena encontró difícil de resistir. La guerrera empujó a Gabrielle sobre la cama y se volvió para mirarla a los ojos.
-¿Qué me estás pidiendo? -preguntó Xena en voz baja. Sus sentidos estaban ya a pleno rendimiento debido a las palabras de Gabrielle, pero la guerrera necesitaba estar segura de qué era exactamente lo que quería su amante. -Gabrielle, no... no quiero hacerte daño. No quiero ser demasiado... brusca. -Así es exactamente como quería ser en ese momento. Quería consumir el cuerpo y el alma de la bardo. Quería estimular a Gabrielle hasta que le suplicara que acabara con ella, una y otra vez. Xena no se dio cuenta de que estaba presionando sus caderas contra Gabrielle, recorriendo fuertemente su pelo cobrizo con los dedos, expresando así sus subconscientes deseos.
-No vas a hacerme daño... -La voz de Gabrielle se había vuelto ronca por el deseo- ... y quiero... furia. Tómame, Xena... tómame como tú sabes hacerlo... hazme tuya. -La mano de Gabrielle capturó la muñeca de Xena y la obligó a entrar en contacto con su ya empapado sexo. Xena gimió cuando sus dedos encontraron el flujo y llevó su boca contra la de Gabrielle. Ni siquiera esperó a que se le permitiera entrar allí, simplemente lo hizo por la fuerza. La mano que tenía libre acometió violentamente el pecho de Gabrielle, apretando su pezón entre el pulgar y el índice. Las manos de la bardo se anclaron frenéticamente alrededor de la espalda de Xena, acercándola más hacia sí. El dedo de Xena vagaba ligeramente sobre su clítoris, provocando que sus caderas se elevaran involuntariamente con cada movimiento. La guerrera apartó su boca, besando y mordiendo toda la superficie de piel a lo largo de la mandíbula hasta alcanzar su oreja. Lamió y chupó el lóbulo mientras su amante se retorcía bajo su cuerpo. La voz que llegó al oído de la bardo fue poco más que un gruñido animal.
-Voy a poseerte, Gabrielle. -Sus dedos se movieron hasta presionar ligeramente la entrada de Gabrielle, causando más gemidos y suspiros de la excitada bardo-. Sí... -Mordió la sensibilizada zona del cuello de Gabrielle-. Eso es lo que quieres, ¿verdad?... Dilo, mi bardo. -Trasladó sus dedos hacia arriba rozando con fuerza el endurecido clítoris mientras con la otra mano se dedicaba a trabajar ahora sobre otro pezón. Lo pellizcó con fuerza, sonriendo cuando Gabrielle arqueó la espalda e incrementó el volumen de su voz-. Dilo, Gabrielle... dime lo que quieres. -Xena mantenía su pasión bajo control a duras penas. Amenazaba con consumirla demasiado pronto. Sus palabras surtieron el efecto deseado en Gabrielle.
-Q... quiero... oh... -Intentó articular las palabras, pero la actividad sobre su pecho y su clítoris le arrebataban cualquier atisbo de pensamiento racional.
-¿Enmudeces, bardo? -la instigó Xena llevando su boca hacia abajo hasta cubrir con ella el endurecido pezón. Lo capturó entre sus dientes y devolvió los dedos a la entrada de Gabrielle. Luego empezó a acariciar con la lengua lo que sus dientes mantenían atrapado, una y otra vez.
-Xena, por favor... mmm... oh...
-Dímelo.
-Tómame... penétrame... ahora. -La susurrada súplica de Gabrielle cayó sobre Xena como una orden. Deslizó profundamente dos dedos en Gabrielle, borrando de ella cualquier vestigio de virginidad. La bardo gritó ante aquel leve dolor, pero el sonido fue silenciado en seguida por la hambrienta boca de Xena, clamando la suya. Mantuvo dentro sus dedos, esperando a que Gabrielle le indicara que podía seguir adelante, estimulando mientras su hinchado clítoris con el dedo pulgar. Tras unos segundos, Xena sintió que Gabrielle respondía a su beso y comenzaba a marcarle el ritmo con las caderas. La guerrera curvó los dedos en el interior hasta encontrar una zona suave y blanda, contra la cual comenzó a deslizar sus dedos, arriba y abajo. Imitó esos movimientos también en el exterior. Sintió su propia humedad acrecentarse, quemándola, pidiéndole ser liberada. Ignorando el dolor de su pierna, se lanzó contra el muslo de Gabrielle y comenzó a moverse sobre él. Los estremecimientos de Gabrielle superaron el ritmo que ella le marcaba y comenzaron a marcar uno nuevo, más rápido, pero sólo un momento, puesto que Xena lo notó y se acomodó a él. No podía creer la cantidad de flujo que la bardo estaba rezumando. El cuerpo de Gabrielle se movió por instinto, buscando salvajemente una liberación que sólo Xena podía darle-. Arggh... Xena... más... -gimió entre dientes.
Xena extrajo sus dedos y ralentizó el movimiento del pulgar. Introdujo un tercer dedo, sólo hasta la primera falange, gimiendo ante la suave presión que la rodeó. Metió y sacó los dedos, incrementando la profundidad con cada acometida. Xena notó que el interior de Gabrielle estaba dilatado al máximo, que era la primera persona en tocar aquella parte de su cuerpo, en hacerle sentir aquello, en poseerla. Gabrielle se unió a ella, golpe a golpe, absorbiendo todo lo que la guerrera era capaz de darle. Su contacto contra el muslo de la bardo se estaba volviendo frenético. La enorme humedad que bañaba su mano y la fricción contra ella la llevó al límite. Tiró de su cabeza hacia atrás y emitió un gruñido animal cuando el orgasmo la invadió-. Gabrielle... oh... mmm... oh dioses... GABRIELLE... -El cuerpo de Xena se sacudió y tembló.
Gabrielle ya no tenía control sobre su cuerpo. Sus caderas se movían con fiereza, respiraba con pequeños jadeos de placer, sus brazos rodeaban a Xena, sosteniéndola con fuerza mientras el cuerpo de la guerrera temblaba. Se arqueó completamente por última vez cuando Xena empleó toda su fuerza para llevarla hasta el final. El dulce néctar manó sobre su mano mientras sus dedos eran acariciados por aquellos firmes músculos internos. Una exclamación final y después Xena oyó a la bardo gritar su nombre con más fuerza que nunca.
Momentos después, Xena sacó sus dedos despacio y abrazó a la bardo estremeciéndose todavía. Besó la frente de Gabrielle, su mejilla y sus labios, sin dejar de acariciarla.
-Wow -suspiró Gabrielle aún con los ojos cerrados.
-¿Sin palabras otra vez? -bromeó Xena con voz profunda. Gabrielle abrió los ojos lentamente y miró a la guerrera. Luego elevó una mano y le acarició la mejilla.
-Yo... nunca...
-Lo sé, mi amor. Shh. -Xena la abrazó con más fuerza, deseando que aquel momento no acabara nunca. Ambas cayeron en un sueño dichoso poco después.
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El resto del mes lo pasaron curando sus mentes además de sus cuerpos. Aunque Xena aún no se sentía del todo cómoda expresando sus sentimientos, tampoco encontraba dificultad alguna en repetir diariamente a la bardo lo mucho que la quería. Gabrielle por su parte se estaba ajustando a la nueva profundidad de su relación, y no podía ser más feliz. Su antiguo miedo a que Xena la abandonara se desvanecía más y más con cada roce, beso y palabra de amor entre ellas.
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Gabrielle estaba de espaldas a Xena, poniéndose la camisa, cuando sintió sus fuertes manos sobre sus hombros y después bajando por su espalda-. Van a quedarte cicatrices -dijo Xena en voz baja recorriendo algunas de las marcas más visibles con sus dedos. Una vez, habían sido para ella un recordatorio constante de cómo había fallado al protegerla. Ahora lo que le recordaban era el amor y la devoción de la bardo. Este cambio no había surgido de Xena. Gabrielle la había obligado a hablar de aquellas profundas heridas y su significado. Hasta entonces, Xena estaba convencida de que eran un castigo por haber dejado que Gabrielle sufriera. Fueron necesarias muchas horas para que le hiciera cambiar de opinión. Fue devuelta al presente cuando la bardo giró entre sus brazos para mirarla.
-Te quiero, Xena. -Pronunciaba aquellas palabras muy a menudo, sabiendo lo mucho que significaban para Xena y cuánto necesitaba escucharlas. Se obligó a contentarse con las ocasionales respuestas que recibía. Se daba cuenta de lo mucho que costaba a Xena expresar sus sentimientos, sin importar lo fuertes que estos eran.
-Te quiero. Ojalá no hubieses tenido que sufrir por causa de ese amor. -Elevó una mano hasta el rostro de Gabrielle. Era ese rostro con el que quería despertar cada mañana y dormir cada noche. Era el rostro de la otra mitad de su alma.
-Sólo sufriría si lo apartaras de mí -dijo Gabrielle con sinceridad. Se acercaron, preparándose para sellar su amor con un beso.
-Sí que habéis tardado. -Ambas mujeres se giraron en busca de la fuente de aquella melódica voz. Un resplandor dejó paso a la gracia y la belleza de la Diosa Atenea.
-Atenea -dijo Gabrielle en voz baja poniéndose de rodillas. Xena por su parte contuvo una sonrisa escéptica y permaneció de pie.
-Levántate, niña -dijo Atenea indicando lo mismo con su mano. Gabrielle lo hizo y puso un brazo alrededor de la cintura de Xena, en parte por comodidad y por incomodidad ante la presencia de una diosa.
-¿Qué podemos hacer por ti, Atenea? -preguntó Xena con un tono lo más civilizado posible. Odiaba cuando los dioses, sea cual fuere, interferían en sus vidas. Casi siempre significaba problemas, y estaba segura de que esta vez no iba a ser una excepción.
-Siempre tan desconfiada, mi pequeña guerrera -campaneó la argéntea voz de Atenea-. Esa pregunta debería hacerla yo, especialmente después de haber escuchado mi nombre en tus labios tantas veces de un tiempo a estar parte. -Una sonrisa cruzó la cara de Atenea al ver el rubor cubrir la de Xena.
-No te estaba llamando. Estaba... -Xena se detuvo al darse cuenta de que sólo conseguía añadir más leña al fuego. Gabrielle no fue capaz de seguir conteniendo la risa. Xena le disparó una mirada antes de volverla hacia la diosa-. Da igual.
-Bueno, me alegra ver que por fin le has abierto tu corazón a alguien, Xena -dijo Atenea con un tono que la orgullosa guerrera no esperaba. Antes de poder seguir hablando, un segundo resplandor surgió junto a la diosa de la sabiduría. -Ah, parece que tenemos compañía.
-Genial. ¿Qué es esto? ¿Una convención? -gruñó Xena, recibiendo un golpe cariñoso en el estómago por parte de Gabrielle, que aún se sentía intimidada por la presencia de un dios, y ahora más aún ante la llegada de un segundo.
-¿Quién es? -susurró Gabrielle a la guerrera.
-Ah, mi querida Gabrielle. -La silueta de Afrodita se materializó entre el humo-. Un resplandor rodea tu corazón. Tu amor es puro e inquebrantable. No tienes ni idea de la bendición que eso supone. -Gabrielle se sonrojó y miró al suelo al escuchar semejante alabanza de la Diosa del Amor.
-Vaya... gracias -farfulló Gabrielle.
-Y tú... -Afrodita se acercó y se encaró con Xena-, tú luchas contra la verdad que hay en el tuyo. Temes que tu lado oscuro regrese y sobrepase tu amor. Esa es una dura batalla, Xena. Compártela con quien te ayudaría de buen grado. Lo único que tienes que hacer es pedírselo. Aún tienes que descubrir la profundidad de su amor por ti, o de tu amor por ella. -Una sonrisa traviesa afloró a los labios de la diosa-. Por otro lado, me complace que os acordéis de mí de vez en cuando. -Al darse cuenta de a qué se refería, Xena se sonrojó de nuevo. Una lechuza blanca bajó por la chimenea y voló hasta situarse entre Atenea y Gabrielle.
-Sé positivamente que tu nombre no lo he dicho -protestó Xena cuando la lechuza de transformó en la diosa Artemisa.
-Estamos un poco susceptibles hoy , ¿no? -bromeó Artemisa. Luego miró a Gabrielle-. Mi reina, pensé que a estas alturas ya habrías acabado con todo su exceso de energía.
-Yo... -Gabrielle no supo qué clase de respuesta dar a la diosa-, lo sigo intentando -dijo mirando de nuevo al suelo. Las tres deidades estallaron en ruidosas carcajadas. Gabrielle se les unió en seguida y Xena deseó un segundo después estar en cualquier lugar del mundo excepto en aquella cabaña.
-¿Hay alguna razón para esta visita además de la de avergonzarme? -preguntó Xena con tono aburrido. Las demás mujeres volvieron poco a poco a quedarse serias.
-Algún día tendrás que aprender a respetarnos, mortal -gruñó Artemisa, aunque sabía que nunca haría daño a Xena y tampoco se lo permitiría a ningún otro dios. El dolor que eso causaría a su querida Reina amazona sería demasiado grande-. Pero este no es momento de hablar de eso. -Se giró y puso sus manos sobre los brazos de Gabrielle. Un tenue brillo invadió a la bardo, curando todas sus heridas, aliviando todo el dolor. Cuando Artemisa la soltó, Gabrielle trastabilló un poco hasta que los fuertes brazos de Xena la sostuvieron. La joven la miró para darle las gracias y luego se volvió hacia la Diosa de la Luna-. Gabrielle, un gran peligro amenaza a mis amazonas. Necesitan que las guíes en este momento. Sin ti, temo que perezcan. He curado tus heridas. Ha sido un regalo para que emprendas esta nueva misión.
-¿Y si no quiere ir? Si hay problemas, podría resultar herida -protestó Xena.
-No tengo por qué contestarte a eso, guerrera, pero lo haré de todos modos. Ella aceptó el título de reina. Como tal, aceptó también ciertas responsabilidades. -El tono de Artemisa adquirió un tinte de ira.
-¡Pero no la de entregarse a la muerte! -contraatacó Xena.
-Sí, lo hice -dijo Gabrielle con firmeza-. Acepto cualquier cosa que ese cargo implique. -Su mirada fue directa hacia Xena, informándole sin palabras que aquel tema no admitía discusión.
-¿Por qué habéis venido las tres para entregar ese mensaje? -preguntó Xena devolviendo su atención hacia las otras dos diosas.
-Son demasiadas preguntas para alguien que no era capaz de pronunciar tres palabras seguidas hace tan sólo una luna -se burló Afrodita-. Estabais empezando a hacerme dudar de mis poderes como Diosa del Amor.
-En realidad, ésta es la cabaña de Hércules -dijo Gabrielle tímidamente-. Fue cosa suya dejarnos aquí.
-Gabrielle, estás discutiendo con una diosa -le recordó Xena inclinándose hacia ella. La boca de la bardo enmudeció de golpe y volvió a mirar al suelo.
-Lo siento.
-Es tan inocente -dijo Afrodita sonriendo-. Entiendo por qué es una de tus favoritas, Atenea -añadió, girándose después hacia la Diosa de la Luna-, y tu elegida. -Se giró para descubrir una expresión de asombro en la normalmente pétrea cara de Xena-. Ah, sí, guerrera, tu pequeña bardo cuenta con el favor de más dioses de los que ves aquí. Está bendecida por muchos. Harías bien en recordar lo especial que es en realidad.
-Ya está bien de charlas inútiles -la interrumpió Atenea. No se encontraba precisamente a gusto con toda aquella palabrería por parte de Afrodita. La diosa había intentado en no pocas ocasiones hacer de Gabrielle una de sus vírgenes vestales. Lo único que la había disuadido era la conciencia de que sin ella Xena no sobreviviría a su lucha por la redención. Ahora que Gabrielle se había entregado a la guerrera, la invadía un derrotismo que no sentía desde hacía eones.
-Se te necesita en la aldea amazona -dijo Artemisa mirando a Gabrielle-. Y en cuanto a ti, Xena -sus facciones se endurecieron ante la alta guerrera-, asumo que irás donde ella vaya.
-¡Siempre! -contestó Xena con vehemencia.
-Bien. -Artemisa sonrió satisfecha-. Estoy segura de que tus habilidades serán de mucha utilidad.
-Disculpadme -interrumpió Gabrielle tímidamente-. Estoy más que dispuesta a volver a la aldea amazona y ayudar en lo que pueda, pero todavía no entiendo por qué habéis venido las tres para decírmelo -dijo retomando la anterior pregunta de Xena.
-Yo he venido, por supuesto, porque eres la reina de mis amazonas y tenía que concederte el regalo de la curación -contestó Artemisa.
-Gracias -dijo Gabrielle.
-De hecho, yo he por ti, Xena -dijo Atenea aproximándose a la confusa guerrera-. No serás de mucha utilidad a Gabrielle si aún estás curándote de tus heridas. Has mostrado una gran tenacidad y progreso en tu búsqueda de la redención. Esta batalla requerirá de toda tu fuerza y muchas habilidades si quieres alzarte con la victoria. Tu lado oscuro podría tentarte, tu miedo podría eclipsar tu razón. Sé fuerte, Xena. Ésta podría ser tu batalla más difícil. -Apoyó sus manos en los hombros de Xena y repitió el proceso sanador que Artemisa había llevado a cabo en Gabrielle. Xena elevó una ceja y miró a Afrodita, esperando a que la Diosa del Amor contestara a la respuesta.
-Yo he venido porque la fuerza del amor que hay entre vosotras es algo especial y debe ser salvaguardado. Simplemente quería verlo por mí misma. Bendigo vuestro amor. Que él sea la fuerza que guíe vuestras vidas. -Ambas mortales sonrieron y asintieron aceptando la bendición de la poderosa deidad. Ya no había forma de negar su amor, puesto que había sido reconocido por la Diosa del Amor en persona.
-Habrá un deshielo prematuro dentro de cuatro días. Deberéis marchar entonces y dirigiros hacia la aldea -dijo Atenea.
-¿Cómo sabremos cuál es el problema? -preguntó Gabrielle.
-Lo sabremos -dijo Xena con sequedad.
-Recordad, cuatro días -dijo Artemisa desmaterializándose y recuperando su forma animal. Xena y Gabrielle vieron a la lechuza subir por la chimenea. Al girarse, descubrieron que las otras dos diosas también se habían ido.
-Xena, ¿a qué crees que se refería Afrodita? -preguntó sentándose frente a la mesa.
-¿Con qué? -Xena odiaba la manía de los dioses por dar rodeos a todo. Siempre le provocaban dolor de cabeza. Como anticipándose a uno, empezó a masajearse las sienes.
-Sobre que gozo de los favores de más dioses.
-Que no se te suba a la cabeza, Gabrielle -suspiró Xena-. He aprendido que muchos de los favores que los dioses otorgan no lo son en absoluto, sino más bien una maldición. -Xena se estremeció involuntariamente al recordar su relación con el Dios de Guerra. Únicamente la fe de Gabrielle en ella había hecho a Xena desligarse de su intoxicante presencia. Gabrielle adivinó enseguida lo que Xena estaba pensando. Puso firmemente su mano sobre el hombro de la guerrera, devolviéndola a la realidad.
-No temas por eso. Aun así, creo que es una buena señal que Afrodita nos haya bendecido. -Recorrió con un dedo la mandíbula de Xena, deteniéndose en su barbilla-. Todavía no he oído nada malo sobre ella. Me lo voy a tomar como algo positivo. -Sonrió, triunfante por su decisión.
-Creo que el hecho de que hayan venido las tres es una señal de que sea lo que sea lo que nos espera, va a ser duro. -Sus bocas enmudecieron mientras se miraban a los ojos. Desde la primera noche en que habían hecho el amor, un silencioso miedo a la pérdida se había abierto camino en sus corazones y la certeza de que una batalla estaba próxima sacó ese miedo a la superficie. Incapaz de mantener sus emociones controladas por más tiempo, Gabrielle dejó que las lágrimas surcaran su cara. Sin una palabra, Xena la atrajo en un fuerte abrazo y la acunó. Luego la llevó hasta la cama y la sostuvo junto a ella, dejando que la bardo dejara salir todos los sollozos y las lágrimas que expresaban sus temores. La guerrera perdió su mirada en la chimenea vacía, acariciando distraídamente el cabello de Gabrielle. La bardo no pudo ver las lágrimas que llenaron los ojos azules de la guerrera. Se quedaron tumbadas allí, en silencio envueltas por sus propios pensamientos, hasta caer en un sopor inquieto.
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Como esperaban, la temperatura se elevó junto al sol el cuarto día. Bajaron la montaña apresuradamente, con cuidado de las zonas todavía heladas del camino. Ambas iban a pie, utilizando la fuerza de Argo para transportar más comida y equipación de lo normal. Les llevaría buena parte de la semana llegar a la aldea amazona y no querían perder el tiempo en posadas. Se detenían sólo para almorzar, viajaban deprisa y descansaban únicamente cuando la oscuridad les hacía imposible seguir adelante. Xena odiaba viajar de noche. Era mucho más difícil evitar emboscadas y demás contratiempos. Después de despertarse y recoger sus cosas, se ponían de nuevo en camino, desayunando mientras caminaban. Gabrielle ocupó su tiempo recitando su interminable repertorio de historias y prosa. Xena intentaba escuchar cada palabra, pero su mente se evadía una y otra vez, recordando las advertencias de Atenea. Gabrielle sintió que no la escuchaban, pero en lugar de enfadarse, comprendió que Xena tenía algo importante en la cabeza. Siguieron avanzando en silencio un buen rato antes de que Xena se diera cuenta de que la bardo había dejado de hablar. Consciente de que la había pillado, la guerrera miró a su amante con una sonrisa avergonzada. -Perdona, Gabrielle. Supongo que tengo la cabeza en otra parte. -Alzó una mano y acarició la mejilla de la bardo-. Sabes que te quiero. -Fue más una pregunta que una aseveración. Gabrielle respondió atrayendo a la guerrera hacia sí y besándola.
-Lo sé. Tranquila, te comprendo. -Los ojos verdeazulados de Gabrielle brillaron con fuerza. Caminaron haciéndose compañía con su silencio mutuo el resto del día.
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Llegaron a las afueras de la aldea amazona antes del anochecer del cuarto día. Xena pensó en acampar esa noche y entrar cuando ya hubiese amanecido, pero la idea de tener carne en abundancia y una cálida cama les dio la fuerza necesaria para continuar. Fueron recibidas a la entrada por Ephiny y la guardia real. Mientras entraban en el palacio, Xena explicó brevemente el ataque a manos de Drax y que se habían estado recuperando en la cabaña de Hércules cuando aparecieron las tres diosas y les dijeron que partieran hacia la aldea. Ephiny escuchó la historia con atención, visiblemente agitada al oír la parte del látigo contra la espalda de Gabrielle.
-Haré que os preparen comida y un baño caliente -dijo Ephiny-. Reina Gabrielle, tu aposento está tal y como lo dejaste. Le diré a una de las sirvientes que prepare una habitación para ti, Xena.
-Eso no será necesario -dijo rápidamente Gabrielle. Las tres intercambiaron miradas hasta que Ephiny comprendió el motivo.
-Bien entonces. Como desees, mi reina. -El tono de Ephiny fue correcto, educado. La amazona ocultó perfectamente sus propios sentimientos. Aunque Gabrielle no distinguió el ligerísimo cambio de actitud de la amazona, éste no pasó desapercibido a la guerrera, y tampoco la mirada que le dirigió un segundo antes de marcharse.
-Xena, por lo que Ephiny dice no ha habido ningún problema desde la última vez que estuvimos aquí. ¿Por qué crees que Artemisa quería que volviésemos? -Se dirigieron hacia la cabaña de provisiones, en la cual se había organizado un banquete en honor de la reina y su regreso. Las amazonas eran conscientes del feroz apetito de su reina y se había empleado a fondo para preparar una gran cantidad y variedad de comida. Xena no pudo evitar reírse cuando vio los ojos de Gabrielle abrirse como platos ante lo que tenía delante.
-Intenta dejar algo para las demás -bromeó Xena. La respuesta que recibió fue un afectuoso codazo en las costillas. Los ojos de Xena estaban fijos en Ephiny, que se mantenía de pie al otro lado de la habitación. -Gabrielle, ¿estarás bien sin mí un rato? Tengo que ir a hablar con alguien.
-Claro, ¿crees que podría meterme en algún lío aquí? -preguntó Gabrielle inocentemente antes de echarse a reír. Xena rió también y puso una de sus manos en el hombro de la bardo.
-Trata de no buscarte ninguno. Volveré en unos minutos. -Dicho esto, se volvió y salió de allí, a sabiendas de que Ephiny la seguiría.
Xena caminó hasta la fuente y esperó. Segundos después oyó las pisadas de Ephiny. Se volvió para encararse con la impresionante amazona.
-Te ha entregado su corazón. -El dolor y la pena estaban más que claros en la voz de Ephiny. Xena simplemente asintió. Incapaz de controlar sus sentimientos de rabia y frustración, la amazona se acercó más a ella y le susurró al oído-. Ella se merece algo mejor que tú. Se merece un hogar, un lugar en que la gente la quiera y la respete. Se merece que la protejan del dolor, no ser arrojada a él sólo por tu deseo de redimirte. ¿Cuánto tiempo crees que pasará hasta que alguien decida hacerle lo mismo que tú has hecho tantas veces a personas inocentes? ¿Hasta que alguien decida hacerle pagar a ella tus crímenes? ¿Hasta que pierda su inocencia de sangre? Pertenece a esta lugar, Xena. Debe estar con las amazonas.
-¿Y contigo? -la atajó Xena.
-Sí, con... -La amazona calló de golpe-. Con las amazonas. Tomó una decisión equivocada.
-Fue su decisión -contraatacó la guerrera casi con un rugido. Ephiny suspiró y miró al cielo nocturno. Ambas permanecieron en silencio unos segundos.
-Es tan hermosa -dijo la amazona con aire soñador-. No tiene ni idea de cuántos corazones es capaz de tocar.
-Así es -aseveró Xena en voz baja. Ephiny dio media vuelta y miró a la guerrera.
-¿Es sólo una conquista más para... -Las palabras quedaron ahogadas en su garganta cuando las manos de Xena rodearon su cuello y su pierna izquierda barrió el apoyo de la amazona enviándola a plomo contra el suelo.
-¡No... vuelvas... a decir... eso! -siseó Xena a través de sus dientes, mirando a la furiosa amazona. Con un gruñido se le quitó de encima y retrocedió unos pasos. Luego se pasó los dedos por el pelo con frustración. Ephiny se levantó despacio, intentando mantener una posición defensiva ante la airada guerrera. Xena se mantuvo de espaldas a la amazona-. Sabes que es más que eso -dijo en un momento dado.
-Lo sé -admitió Ephiny-. ¿Comprendes que daría cualquier cosa por tenerla en mi vida? -Suspiró-. Xena, lo siento. Cuando descubrí... bueno... es duro ver morir un sueño. -Aquellas palabras conmovieron a Xena. Se volvió para mirar a la amazona.
-Lo sé. -Fue hasta ella y le puso una mano sobre el hombro-. Juro que haré todo lo que esté en mi mano para protegerla. Pero es su vida. Fue su elección. -Ephiny echó a andar, pero se detuvo una vez más y se encaró con Xena.
-Si alguna vez le haces daño, juro que te perseguiré y te mataré. -No era una amenaza, era una promesa. Ephiny se puso tensa, esperando otra reacción física por parte de la guerrera.
-Ephiny, si alguna vez le hago daño a propósito, espero que lo hagas. -Xena se dio media vuelta y fue hacia los establos. Ephiny la vio marcharse y luego se dirigió a su habitación en el palacio, invadida por el dolor de la pérdida.
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De vuelta al palacio, Gabrielle se encontró con un grupo de mujeres jóvenes reunidas alrededor del fuego. Reían y bromeaban pasándose un odre de vino. -¿Puedo unirme a vosotras? -preguntó acercándose a ellas. Varias la reconocieron inmediatamente y se levantaron con intención de marcharse-. No, por favor, quedaos. Sólo quiero sentarme un rato con vosotras.
-Por supuesto, eres bienvenida. -Una chica no mucho más joven que Gabrielle se puso en pie y le indicó que se sentara junto a ella, en el tronco que ocupaba.
-Mi reina... -protestó su escolta.
-Oh, puedes volver a palacio si quieres. Aquí estaré bien -dijo Gabrielle rápidamente capturando casi al vuelo el odre de vino. Estaba bastante lleno, así que tomó varios tragos antes de pasarlo. Frunció el ceño al ver que la mujer que la acompañaba no se había movido un centímetro-. Vuelve al palacio. -Incapaz de desobedecer una orden directa de la reina, la escolta asintió mansamente y se marchó, esperando no ser castigada con seis lunas de servicio en el muro sur por dejar a la reina sola.
Gabrielle se acomodó de nuevo y entró en la conversación, así como en el turno de bebida. Varias amazonas pasaron junto al grupo, sonriendo ante el esfuerzo de las seis jóvenes intentando hablar todas a la vez.
-¿Entonces cabalgas con Xena?
-¿Cómo es?
-Al ser tú la reina, ¿puedes elegir qué tareas hacer?
-¿Sabes hacer ese sonido que hace ella? Ya sabes, el de yi yi yi...
-¡Whoa! -Gabrielle levantó las manos para detener el aluvión de preguntas. El odre de vino le fue puesto de nuevo enfrente. Tomó un trago y oyó a dos de las chicas cuchichear acerca de la sastra y la herrera-. ¿Qué habéis oído? -preguntó Gabrielle de forma conspiradora.
-Bueno... -dijo Dyna acercándose al fuego. Las demás la imitaron, deseando conocer aquel último cotilleo.
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Xena cruzó la aldea de nuevo y se encontró con un grupo de risueñas jóvenes alrededor de una hoguera prácticamente extinguida. A juzgar por el odre de vino que pasaba de unas manos a otras, dedujo rápidamente el motivo de tanta alegría.
-¡No! ¿En una silla de montar? ¿No sería eso un poco... bueno... incómodo? -Xena gruñó ante la familiaridad de aquella voz mientras el grupo estallaba de nuevo en carcajadas.
-Gabrielle -retumbó la voz de Xena mientras se acercaba a grandes zancadas. Escuchó varias risas ahogadas y un "Shh" que su oído identificó como procedente de la bardo-. Gabrielle, sé que estás ahí. Haz el favor de salir. -Aquello causó otra oleada de risitas.
-Uh... Gabrielle no está aquí -dijo la bardo, contagiando con su risa a todas. Sin embargo, ésta se detuvo al sentir los seis pies de altura de la guerrera sobre ella-. Uh oh. -Las otras chicas callaron al instante, admirando y temiendo a Xena al mismo tiempo. Gabrielle giró la cabeza y miró hacia arriba-. Uh... hola Xena.
-Hola -dijo ella brevemente intentando contener una sonrisa. Incluso borracha, Gabrielle resultaba encantadora.
-Emmm... sólo estábamos hablando.
-Sí, hablando -dijo Dyna, mirando después al odre que tenía en la mano y levantándolo orgullosamente-. Y bebiendo. -El grupo rió incontroladamente. Gabrielle se recostó contra las piernas de Xena sacudida por la risa. La guerrera la miró con desesperación.
-Sí, y bebiendo -repitió Gabrielle-. Pero yo sólo un poquito. -Indicó la cantidad midiendo con sus dedos índice y pulgar.
-¡Sí, claro! -bromeó Dyna dando un codazo a la reina. En ese momento, varias amazonas de aspecto enfadado entraron en escena.
-¡Dyna! ¡Aris! ¿Qué estáis haciendo fuera tan tarde? -Dyna pasó rápidamente el odre a Gabrielle. La bardo intentó echar un trago, pero las rápidas manos de la guerrera se lo impidieron.
-¡Madre! -Dyna se levantó, balanceándose ligeramente antes de recuperar el equilibrio. Aris y las otras dos chicas la imitaron al ver a sus madres dirigirse hacia allí-. Sólo nos estábamos divirtiendo un poco.
-Espero que no os hayáis vuelto a colar en el almacén privado de tu tía -dijo la madre de Dyna apuntando con un dedo a su achispada hija.
-Bueno, Gabrielle. Creo que es hora de que tú también te vayas a dormir -dijo Xena inclinándose y tomando a la bardo en sus brazos. La bardo alzó la mirada al oír la expresión de asombro de una de las madres.
-Oh, por los dioses. Es la reina en persona -dijo la madre de Dyna, atónita-. Siento que mi hija te haya puesto en este estado. -Asestó un ligero golpea a la chica en la parte de atrás de la cabeza.
-No te preocupes -dijo Xena sonriendo-, Gabrielle no necesita la ayuda de nadie para meterse en problemas. -La madre asintió y se marchó, escoltando a su hija durante todo el camino. Xena miró hacia abajo rápidamente al sentir la mano de Gabrielle sobre su pecho.
-Hola Xena -repitió la reina seductoramente, arrastrando las palabras.
-Hola.
-Estoy borracha -añadió en tono informativo.
-Sí, así es -corroboró Xena besándola a continuación en la frente. A pesar de la coquetería y los juegos, Xena sabía que Gabrielle cerraría los ojos tan pronto como cayera sobre la cama. Y así fue.
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La mañana encontró a Gabrielle intentando desesperadamente detener las palpitaciones de su cabeza. -Nunca volveré a beber tanto -gruñó mientras entraba en el comedor. Xena miró a su alrededor y descubrió a una igualmente trasnochadora Dyna sentada frente a una larga mesa y sosteniéndose la cabeza entre las manos.
-Creo que tu nueva amiga debe estar pensando lo mismo -bromeó la guerrera. Gabrielle vio a Dyna y la saludó con la cabeza. Dyna le devolvió el gesto, feliz de que la reina no estuviese enfadada con ella por emborracharla la noche anterior-. ¿Qué quieres comer?
-Algo que no me haga vomitar -respondió Gabrielle pasando de largo una bandeja de carne con crema de algo. El lánguido sonido de un cuerno de alarma captó su atención junto con la del resto de la habitación. Sin una palabra, Xena y Gabrielle salieron corriendo hacia la entrada de la aldea.
Llegaron a tiempo de ver a una joven guerrera amazona colgando del cuello de su caballo, con el brazo izquierdo ensangrentado. Dos mujeres fueron hasta ella y la ayudaron a desmontar. Gracias a sus largas piernas, Xena alcanzó a la mujer antes que la reina-. ¿Qué ha ocurrido? -preguntó al tiempo que empezaba a comprobar si tenía más heridas.
-Invasores. Vienen hacia aquí. Son por lo menos cien hombres. -La alarma se transmitió con rapidez por toda la aldea. Xena se giró hacia su amante.
-Gabrielle, tienes que volver al palacio. Ephiny se quedará contigo.
-Xena, ¿intentas dejarme al margen otra vez? Porque si es así, creía que ya lo habíamos hablado. -Gabrielle intentó ocultar la frustración en su voz, pero falló. Xena suspiró. Sólo por una vez desearía que la bardo la escuchara sin discutir.
-No es otro de mis intentos por protegerte. Eres la Reina de las amazonas. Te necesitan aquí, en la aldea. Deja que tus guerreras y arqueras se ocupen de esto, están entrenadas para eso. -Hizo una pausa-. Gabrielle, por favor.
-No me gusta -dijo Gabrielle visiblemente enfadada. Odiaba cuando Xena tenía razón.
-No hay tiempo para discutir -dijo Xena rápidamente al ver los formados grupos de guerreras encaminarse hacia la puerta norte-. Iré a ayudarles en todo lo que pueda. -Echó a andar, pero Gabrielle la detuvo agarrándola del brazo.
-Supongo que esta es la batalla sobre la que nos advirtió Atenea. -Miró a los ojos azules que tanto amaba-. Xena, ten cuidado. No quiero convertirme en viuda por segunda vez. -Apoyó su cabeza contra el pecho de la guerrera, escuchando el fuerte latido del corazón de su alma gemela. Xena puso su mano bajo la barbilla de Gabrielle, obligándola a mirarla de nuevo.
-Te juro que tendré cuidado -dijo antes de depositar un último beso en sus labios y seguir a las guerreras amazonas. Gabrielle se secó los ojos y luego se volvió renuentemente hacia el castillo.
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Ephiny inclinó la cabeza cuando Gabrielle entró en la sala. -¿Qué puedo hacer? -preguntó la joven reina acercándose y echando un vistazo al mapa que yacía extendido sobre la mesa.
-En realidad no hay mucho más que hacer desde aquí -respondió Ephiny-. Hemos enviado nuestras mejores tropas a cubrir la puerta norte. Con suerte superarán a los invasores sin sufrir demasiadas bajas.
-¿Qué pasa con la puerta sur? -preguntó Gabrielle pensativamente.
-Tenemos un complemento de arqueras y guerreras para defenderla. El problema principal está en la norte. Allí es donde se dirigen los invasores.
-Uh huh -murmuró la bardo-. Ephiny, ¿por qué atacar desde el norte? Después de todo, es el acceso más fácil de defender. Además, contamos con la ventaja añadida del bosque en esa zona. Sería pan comido para nuestras guerreras bordearlo y rodearles si fuese necesario. No tiene sentido... -Los ojos de Gabrielle se abrieron como platos-. ¡Es un truco! -gritó-. Ephiny, ¿cuál es la mejor manera de alejar a nuestras guerreras del acceso más débil? -La amazona abrió la boca al darse cuenta de lo que la joven reina estaba insinuando.
-¡Distraernos! -Ephiny corrió a toda velocidad hacia las guardias-. Reunid a todas las mujeres que sean capaces de luchar y llevadlas inmediatamente a la puerta sur. -Las guardias partieron al instante y dieron la señal de alarma. Gabrielle agarró su cayado y se encaminó también hacia la puerta. -¿A dónde crees que vas tú?
-A defender la puerta sur -dijo Gabrielle en tono desafiante.
-Mi Reina, no puedo arriesgarme a que resultes herida.
-¡Ephiny! -Los ojos de Gabrielle brillaron con furia-. No voy a pedir a las mujeres de esta aldea que arriesguen sus vidas mientras yo me quedo escondida. Todas nuestras mejores guerreras están en la puerta norte. Necesitamos a cada una de las que quedan en la sur. Voy a ir. -Su tono era similar al que Xena utilizaba cuando no admitía réplicas-. No voy a discutir contigo. -Gabrielle salió como una exhalación del palacio, con Ephiny pisándole los talones.
Alcanzaron enseguida al pequeño grupo de mujeres que se habían formado en la puerta sur. Gabrielle reconoció entre ellas a varios miembros de la guardia real, fáciles de identificar por sus túnicas azules. Algunas se estaban ataviando con diferentes tipos de armaduras y el resto comprobando la tensión de sus arcos. Una de las guardias caminó hacia ellas. -Por favor mi Reina, acepta esto -dijo ofreciéndole una cota de malla. La bardo la interrogó con la mirada-. Te protegerá de las flechas -explicó la amazona. Gabrielle sonrió y dejó que Ephiny le ayudara a ponérsela.
-¿Estamos listas? -preguntó Gabrielle moviendo los brazos para acomodarse al nuevo peso de la extraña armadura antes de que comenzara la batalla.
-Todavía no me gusta la idea de tenerte en medio de esto -dijo Ephiny-. Pero sí, lo estamos. -Gabrielle ignoró el comentario de su segunda al mando.
-Vámonos. -Miró al improvisado grupo de guardias, granjeras y demás mujeres que habían podido encontrar. Elevando su voz hasta el nivel que utilizaba para narrar sus historias, se dirigió a ellas-. Hermanas amazonas, hemos caído en una trampa. Nuestras mejores guerreras están intentando defender la puerta norte. Es nuestra misión hacer lo mismo con la sur. Nuestra seguridad es lo más importante. No intentéis heroicidades. El objetivo es impedir que entren en la aldea antes de que las guerreras vengan en nuestra ayuda. Ya hemos enviado a alguien a avisarles. -Miró una vez más a cada una de las amazonas que la rodeaban antes de dar la señal de partir. La puerta se abrió y salieron, dispuestas a defender su aldea o morir intentándolo.
Apenas se habían alejado durante una hora de la puerta sur cuando comenzó la batalla. Las amazonas se parapetaron rápidamente del aluvión de flechas que les lanzaron. Ephiny y Gabrielle se colocaron tras un tronco caído. -Hay más de cien ahí fuera -dijo Gabrielle respirando aceleradamente. Ephiny asintió.
-Tenías razón. Era todo un truco. -Las amazonas empezaron a responder el fuego con las pocas flechas que tenían. Gabrielle sabía que su cayado no serviría a menos que fuese en una lucha cuerpo a cuerpo. Por medio de señales, indicó a Ephiny el plan. La amazona sacudió la cabeza enérgicamente-. Es demasiado peligroso.
-¿Acaso lo es menos quedarnos aquí a esperar que nos masacren? Mi cayado no sirve de nada aquí. -Ephiny asintió a regañadientes. Captando la atención de una de las arqueras, le indicó que las cubriera. La mujer asintió y comenzó a lanzar flechas a diestro y siniestro mientras Gabrielle y Ephiny abandonaban la protección que les brindaba el tronco. Gabrielle fue hasta un soldado y lo desarmó rápidamente antes de dejarle sin sentido. Se giró y empezó a pelear con otro que se le acercaba. El hombre nunca se había enfrentado antes a un cayado y no duró demasiado. Con todo el ruido y la confusión, Gabrielle no oyó el silbido de la flecha antes de que se le clavara profundamente en el muslo. Cayó al suelo, aullando de dolor. Agarró el proyectil con ambas manos y lo sacó.
-¿Puedes moverte? -le pregunto Ephiny utilizando su propio cuerpo para proteger a la reina caída. Atravesó con su espada a un soldado que corría hacia ellas. Desalentada, vio que muchos más se dirigían hacia allí.
-Retrocede, trae refuerzos -ordenó Gabrielle.
-No puedo. Son demasiados. -Esquivó varias flechas que pasaron silbando a su alrededor. Gabrielle miró a su alrededor.
-Estamos aisladas, ¿verdad? -dijo en voz baja. Ephiny no contestó, estaba demasiado ocupada luchando. Gabrielle se inclinó contra el tronco y se obligó a levantarse, apoyando todo su peso sobre la pierna que no tenía herida. Se libró de tres hombres más antes de que la pérdida de sangre la hiciera caer de nuevo al suelo. Ephiny retrocedió ante el ininterrumpido ataque. Incapaz de ver dónde pisaba, perdió pie y cayó a un profundo barranco, aterrizando con un desagradable ruido sordo. Al ver a su reina indefensa, varias amazonas echaron a correr para intentar protegerla. Pero nunca llegaron a ella.