La Cabaña

By B. L. Miller

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Xena y Eponin irrumpieron entre las tropas invasoras. Resultó casi demasiado fácil. Les superaban en número. Xena calculó de un vistazo menos de cincuenta. Las amazonas les hicieron retroceder con facilidad. Xena había pasado demasiados años siendo un señor de la guerra como para no darse cuenta de que algo iba mal. Se quitó de encima enseguida a los hombres con los que luchaba y se dirigió a Eponin. -Algo va mal.

-¿Qué? -preguntó Eponin, sin apartar los ojos del enemigo.

-No avanzan. Parece como si solamente quisieran mantenernos ocupadas... -Justo entonces sonó el cuerno de retirada, seguido de los de emergencia. La realidad de la situación golpeó a Xena-. ¡Eponin, la puerta sur! ¡Sólo ha sido un truco! -Escaló un árbol a toda prisa y comenzó a viajar de rama en rama, regresando a la puerta norte con las amazonas siguiéndola de cerca. Xena vio con horror que los invasores no las seguían. Aquello confirmó las sospechas sobre su estrategia.

Ni se molestó en detenerse en el palacio, especialmente al no ver ni una sola guardia en el exterior. Corrió directamente hacia la puerta sur, seguida por las amazonas. Xena reconoció a Dyna de pie junto a la puerta, sosteniendo torpemente una espada. Al ver a Xena, señaló hacia el sur.

Las guerreras amazonas llegaron justo a tiempo de enfrentarse a los invasores antes de que alcanzaran la puerta. Al contrario que las tropas a las que acababan de enfrentarse en el bosque del norte, éstas eran tremendamente superiores en número y fuerza, e intentaban penetrar en la aldea amazona. Un rápido vistazo a su alrededor no reveló a Xena ni rastro de Gabrielle. Su atención cambió de sentido cuando tres de los hombres se dirigieron hacia ella con las espadas en alto. Con un rápido giro de muñeca, envió su chakram hacia allí dejándolos sin sentido y recuperando el arma después. Corrió y dejó inconsciente a otro, y atravesó a un quinto con su espada. La batalla se embraveció al tiempo que las amazonas comenzaban a ganar terreno y control sobre ella. No harían prisioneros. Demasiadas amazonas habían perdido ya la vida aquel día.

Al ver que la batalla se le escapaba de las manos, Garath se dio cuenta de que ni él ni sus hombres iban a ser capaces de conquistar la aldea amazona, y mucho menos a sus habitantes. Miró a su alrededor y descubrió la inerte forma de la reina amazona, seguro de que aquellas mujeres pagarían un buen rescate por recuperarla.

La matanza fue lo suficientemente grande como para hacer sentir nauseas a las amazonas más curtidas. Al fin habían detenido a los invasores, haciéndoles frente durante media hora antes de que todos resultaran muertos o huyeran. La sangre emplastaba las botas de todas ellas. Xena avanzó entre los cuerpos, horrorizada ante la vasta extensión de terreno que cubrían. Eponin corrió hasta donde se encontraban-. No he encontrado ni a Ephiny ni a Gabrielle. -La mirada de Xena reveló a la amazona que ella tampoco. Tras ellas, los llantos de angustia de madres y hermanas llenaba el aire. La cara de Xena palideció al distinguir las túnicas azules que vestían algunos de los cadáveres, más adelante. Eponin las vio también y ambas echaron a correr frenéticamente. Comprobaron que allí yacían varios miembros de la guardia real, pero aún no había rastro de la reina ni de su segunda al mando. Xena descubrió un rastro de sangre desde allí hasta el barranco. Fue hasta el borde y se asomó. -¡Aquí abajo! -gritó descendiendo por la ladera.

El cuerpo de Ephiny estaba cubierto de sangre. Las profundas heridas en sus piernas y sus brazos eran pruebas de que había estado metida en una batalla. Su cota de malla era lo único que la había librado de ser una víctima más. Ephiny intentó enfocar su vista en la fuerte mujer que la llevaba sobre su hombro, pero la pérdida de sangre le impedía pensar y hacer cualquier otra cosa con claridad. Se dejó pasar a otras manos, que la sacaron de allí.

-Ephiny, todo va bien. Estoy aquí. -Eponin habló con un tono reconfortante, a pesar de que ver a Ephiny en tan lamentable estado la rompía por dentro.

-Ga...

-¿Qué? Ephiny, ¿qué le ha pasado a Gabrielle? -Xena estaba allí de pie, intentando obtener una respuesta de la semiinconsciente amazona. Ephiny giró la cabeza y miró a la guerrera.

-Intenté... todas intentamos...

-¿Dónde está? -dijo Xena tan alto que más bien pareció un grito, lo cual arrancó una dura mirada de Eponin.

-Se la... llevaron...

-¿Se la llevaron? ¿Quién se la llevó? ¿A dónde fueron? -Xena se detuvo al ver que la amazona estaba inconsciente. Luego miró a Eponin-. Voy tras ellos. -Se dio media vuelta hacia la aldea, con la intención de buscar a Argo.

-¡Xena! -El tono de Eponin hizo volverse a la guerrera-. Sé que quieres encontrarla, pero te necesitamos aquí. -Consciente de que contaba con la atención de la mujer, continuó-. Hay demasiadas mujeres heridas como para que Saras se encargue de ellas sola. Piensa en cuántas amazonas morirán sin necesidad por la falta de cuidados si te marchas. -Eponin envió a cinco guerreras amazonas tras la pista de los invasores. Contempló a Xena luchar contra sus emociones antes de recuperar su estoica expresión. Sin decir una palabra, Xena volvió y se arrodilló ante una de las guardias muertas. Al darse cuenta de que aquella mujer había dado su vida intentando proteger a Gabrielle, Xena no fue capaz de contener las lágrimas-. Artemisa, cuida de ella. Merece estar en los Campos Elíseos.

 

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Garath lanzó una potente maldición mientras arrastraba a la inconsciente mujer hasta su barco. Se suponía que iba a conquistar la ciudad y llevarse a más las jóvenes como esclavas. Había fallado miserablemente, había perdido todo su ejército. Todo lo que tenía era una mujer que probablemente moriría desangrada antes de llegar a tierras del Rey. Cuanto más la miraba, menos seguro estaba de que fuese ni siquiera la reina. El color de su pelo no era como el de las demás, y tampoco su estatura alcanzaba la de la mayoría. Lanzó una patada de furia contra la bardo. ¡Una cría! ¡Había sido enviado para capturar a docenas de ellas y regresaba sólo con una! La dejó en cubierta y entró en el camarote para ahogar sus penas en un tonel de vino.

Gabrielle abrió los ojos despacio. Mantuvo quieta la cabeza y miró a su alrededor, intentando mantener su respiración a un ritmo lento para no revelar a nadie que estaba despierta. Pronto se dio cuenta de que estaba en un barco. El balanceo y la madera sobre la que yacía eran pruebas más que suficientes. Era de día, probablemente bien entrada la tarde. Descubrió además que no estaba atada. La pierna le martilleaba de dolor. Ni siquiera estaba segura de poder tenerse en pie. Una vez segura de que no había nadie a su alrededor, se sentó y se miró el muslo. La sangre impedía siquiera ver la herida que había debajo. Sabía que había perdido ya una buena cantidad de ella. Se quitó la cota de malla y la camisa. Luego se ciñó de nuevo la armadura e hizo jirones la tela. Fabricó compresas con algunos de los pedazos, los colocó sobre la herida y luego se vendó para aplicar presión. De rodillas, Gabrielle miró sobre la proa. A lo lejos, divisó tierra. "¿En qué estás pensando, Gabrielle?", se preguntó a sí misma. "Incluso aunque pudieras salir de este barco no serías capaz de nadar hasta la orilla. Servirías de comida a los peces, o morirías desangrada". Gabrielle pensó a continuación en sus opciones si se quedaba allí. "Veamos... violada, torturada, vendida como esclava. Sí, unas opciones estupendas". Se dirigió hasta el borde de la cubierta y dirigió una rápida plegaria a Atenea, Artemisa y Poseidón. Aspiró profundamente y saltó sobre la barandilla para ser engullida por las salítreas aguas.

 

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Xena, la estoica guerrera, ni siquiera se molestaba en secar las lágrimas que corrían libremente por su cara mientras atendía a las amazonas heridas. En el exterior de la cabaña de Saras había dispuesto una clasificación según su gravedad. Los años en los que se encargó de los hombres de su ejército le habían enseñado a distinguir perfectamente qué heridas podían esperar y cuáles debían ser tratadas de inmediato. También le habían enseñado cuándo el tratamiento únicamente prolongaría el sufrimiento. Intentó mantener su mente ocupada en todas las tareas que tenía a su alrededor, pero en lo único que era capaz de pensar eran los ojos verdeazulados de su adorada Gabrielle.

Se encendieron antorchas cuando la oscuridad empezó a cernirse sobre la aldea. Trajeron linternas para ayudar a Xena mientras cosía heridas, inmovilizaba huesos rotos y cerrabas los ojos de aquellas a quienes no había sido capaz de salvar. No fue consciente de cuánto tiempo había pasado hasta que sintió la mano de Eponin en su hombro. En un rincón de su mente se dio cuenta de que no había oído acercarse a la amazona. Habló sin levantar la vista. -Nada.

-Había demasiados rastros. Xena, enviaremos más tropas mañana. -Eponin se detuvo un momento antes de continuar-. Ve adentro. Necesitas un baño, comer y descansar. -Xena miró a Saras.

-Vete Xena. Te necesito con fuerzas mañana. -La curandera extendió los brazos, indicando a Xena que podía marcharse. Xena asintió, se levantó lentamente y siguió a Eponin de vuelta al palacio.

Después de limpiar lo mejor posible la sangre y la suciedad que cubrían su cuerpo, Xena tomó una camisa limpia y se echó sobre la cama. Al escuchar unos ligeros toques en la puerta, se incorporó y se secó los ojos-. Entra.

Eponin pasó bajo el quicio seguida de una muchacha no mucho más joven que Gabrielle, que se quedó junto a la puerta-. Xena, ésta es Aris.

-Tú estabas junto al fuego ayer por la noche -dijo Xena. Aquello parecía estar ya a toda una vida de distancia.

Aris miró nerviosamente a Eponin. La amazona puso una mano en su hombro para darle confianza. -Enséñaselo -dijo Eponin. Aris se asomó fuera y trajo consigo el cayado de Gabrielle. Xena sintió una puñalada de dolor en el corazón al ver el arma cubierta de sangre.

-Lo... lo encontré cerca del barranco. -La muchacha empezó a llorar-. Me... me gustaba... quiero decir que era... -Aris le entregó el cayado a Eponin y salió corriendo de la habitación. La amazona volvió a dejar el cayado en el pasillo, luego avanzó y se sentó en la cama junto a Xena. La guerrera tenía la mirada perdida al frente.

-Todo el mundo está muy abatido. -Eponin dejó que su mirada descendiera hasta sus manos-. Joy, la hermana de Aris, era una de las guardias reales. -La guerrera asintió comprensivamente.

-¿Cómo está Ephiny? -dijo Xena en voz baja, sin mirarla todavía. Esperó la respuesta un momento. Al no recibir ninguna, alzó la vista y vio a la amazona temblando y ahogando el llanto-. No muy bien -dijo Eponin tras unos segundos. Meneó la cabeza de lado a lado mientras las lágrimas cayeron en cascada por su cara. Ante la necesidad tanto de consolar como de ser consolada, Xena atrajo hacia sí a la amazona, acompañándola con sus propias lágrimas.

 

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El agua salada abrasó la pierna de Gabrielle por fuera mientras la tensión de sus músculos lo hacían por dentro. El peso muerto de la cota metálica le hacía casi imposible mantener la cabeza fuera del agua. Parecía avanzar sólo unos centímetros con cada brazada, pero seguía repitiéndose que cada vez estaba más cerca. La difusa luz únicamente le permitía distinguir la silueta de las copas de los árboles. Se concentró en ellos, acalló el lacerante dolor que llenaba su mente y luchó por acercarse a casa, a Xena.

No fue consciente de en qué momento cerró los ojos, se puso boca arriba y se dejó llevar por las olas. Tampoco fue consciente de cuándo llegó a la costa. Sólo se dio cuenta de que tenía algo firme bajo su espalda. Sintió el agua golpeándole la cara. Gimiendo al mover la pierna, Gabrielle se obligó a arrodillarse y arrastrarse hasta salir del agua. En ese momento, todas las fuerzas que quedaban en su cuerpo la abandonaron y cayó inerte sobre la arena. Nunca llegó a ver una lechuza blanca posada en una rama cercana.

 

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Xena abrió los ojos y se incorporó, totalmente alerta. Hundió los hombros ligeramente al darse cuenta de que no había sido una pesadilla. Se puso la armadura rápidamente y se dispuso a salir.

Eponin la detuvo antes de que pudiera salir del palacio. -¡Xena! ¡Espera! Te necesito. -Xena se detuvo, consciente de su juramento de siempre ayudar a los necesitados-. Por favor, hablemos en los aposentos. -Xena permitió que Eponin la guiara hasta la sala privada de la Reina. La amazona se alzó hasta una repisa y sacó tres pergaminos. Todos tenían el sello de la Reina de la Nación amazona. Las dos mujeres se sentaron a la pequeña mesa-. Tenemos que saber quién ostenta ahora el poder de Reina en funciones.
-¿Tenemos? -Xena estaba confusa-. Eponin, yo no soy amazona. No tengo nada que decir sobre quién debe dirigir la nación.

-Xena, aquí hay tres pergaminos. -Levantó uno de ellos-. Éste contiene instrucciones de Gabrielle acerca de quién recibe su derecho de parentesco en caso de que ella... -La amazona se detuvo. Xena asintió, casi imperceptiblemente. Eponin respiró profundamente, depositó el documento en la mesa y levantó el siguiente. Xena reconoció al instante su nombre en él, escrito por la mano de la bardo-. Esta es una nota personal, para ti. -Eponin fue a entregárselo a la guerrera, pero al no ver una mano dispuesta a recogerlo, lo dejó también donde estaba. La amazona no hizo ningún amago de ir a tocar el último pergamino-. Ese es una nota personal de Ephiny hacia mí. Dependiendo de en quién recaiga el derecho de Gabrielle, deberemos abrir uno u otro.

-Supongo que no hay tiempo que perder. Las amazonas necesitan saber quién es su líder. -Las palabras de Xena sonaron llenas de convencimiento, pero sus manos temblaron ligeramente al romper el sello de cera.

 

"Yo, Gabrielle de Poteidaia, Reina de la Nación amazona y bendecida como tal por la Diosa Artemisa, establezco que en el momento de mi muerte o incapacidad para llevar a cabo mis funciones como Reina, traspaso mi Derecho de Parentesco a mi hermana amazona Ephiny."

 

Estaba firmado en la parte inferior. Xena se lo pasó a Eponin y luego lo releyó. Gabrielle había escrito aquello a toda prisa. Xena dejó el pergamino y fue a por el de Ephiny-. Déjame a mí -dijo Eponin agarrándolo. Xena hizo retroceder su mano y esperó hasta que la amazona terminó de leer el documento. Como era de esperar, Ephiny pasaba su derecho a Eponin. Ambas respiraron aliviadas una vez que las formalidades legales quedaron cumplidas-. Xena... -Eponin miró hacia el pergamino que quedaba por leer.

-¡No! -rugió Xena-. No lo haré. No hasta estar seguras. -Xena miró al techo-. No puedo. -Su voz fue poco menos que un susurro. Agarró el pergamino y lo devolvió al estante-. Tengo que encontrarla.

-Xena, por favor. Te necesitamos aquí. Hemos perdido cinco más esta noche. Todas las mujeres que tenemos capaces de hacer algo están fuera, buscando. Siguen cada huella, cada rastro. No descansarán hasta encontrarla. Tienes mi palabra de amazona. -Eponin se levantó y miró a través de la ventana-. Ayer murieron por lo menos cincuenta mujeres. Si te vas, podríamos perder a otras cincuenta. Saras ha trabajado toda la noche para que tú pudieras dormir. Está agotada. -Eponin dejó de hablar. Había dicho todo lo necesario. Ninguna de ellas se movió durante un momento. La amazona esperó no haber sobrestimado la compasión de la guerrera.

-Déjame comer algo primero. Necesitaré toda la energía que pueda reunir -dijo Xena despojándose de espada y la vaina. Eponin dejó escapar una bocanada de aire que no era consciente de haber retenido.

-Que Artemisa te bendiga, Xena. -La guerrera ahogó una respuesta cortante. El no saber qué había sido de Gabrielle no ayudaba a mejorar sus sentimientos hacia los Dioses en ese momento. Respiró profundamente y se internó en la multitud de tareas que la esperaban. Atendiendo a las enfermas y heridas. Ayudando a localizar e identificar a las muertas. Construyendo piras funerarias. La más desagradable era llevar los cuerpos hasta las piras. ¿Cuántas veces había condenado a aquello con el filo de su espada? ¿A cuántas mujeres había convertido en viudas? Con el paso de las horas, los gritos de dolor y los llantos de las pérdidas hicieron mella en ella. Estuvo a punto de vomitar al llevar a cabo una amputación a una de las chicas que Gabrielle había conocido junto a la hoguera. Los medicamentos para calmar el dolor se habían acabado por la mañana temprano. Xena se había visto tentada de utilizar los puntos de presión para suplantarlos, pero era consciente de que al volver, el dolor era tan fuerte que muchas no lo podrían soportar. Algo así podría matarlas. El aire ardió con el hedor de la carne quemada después de cauterizar el muñón sanguinolento. Apartándose de los sollozos de la muchacha, Xena hundió sus manos y sus brazos en el pilón, cuya agua estaba ya teñida por la sangre de pacientes anteriores. Sin tiempo para descansar o pensar, Xena se regresó junto a una camilla y empezó a examinar a otra mujer. Ella sería la primera de muchas en morir aquel día.

 

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Gabrielle se sentó lentamente y escupió la arena que tenía en la boca. Luego gateó y volvió a sentir el pálpito de su pierna. Hundió la mano en el agua y tomó un trago. Antes de hacerlo por segunda vez recordó las advertencias de Xena sobre el agua salada, así que se limitó a humedecerse la cara antes de ponerse en pie. Estudió la zona un momento, intentando orientarse. No estaba segura de hacia dónde ir. Ni siquiera estaba segura de encontrarse en Grecia. Gabrielle no sabía cuánto tiempo llevaba inconsciente o cuánto había estado en aquel barco. Se apoyó contra un árbol y estudió el suelo. No le llevó mucho tiempo encontrar las huellas que su secuestrador había dejado al llevarla hasta allí. ¡Lo único que tenía que hacer era seguirlas hacia atrás y más tarde o más temprano encontraría la aldea amazona! Con esperanzas renovadas, Gabrielle echó a andar, pensando sólo en Xena y no en el dolor de su pierna.

 

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-Xena. -La guerrera miró a la amazona herida.

-Ephiny. Me alegro de verte. Tengo que cambiarte las vendas. Te va a doler un poco. -Xena dirigió su atención a la multitud de cortes y heridas que cubrían el cuerpo de la amazona.

-Xena, sabes que intenté protegerla. -Las palabras surgieron de su garganta como un áspero susurro. Xena alcanzó una jarra de agua. La ayudó a levantar la cabeza con su mano y llevó el recipiente hasta los labios de la mujer.

-Bebe. -Xena esperó hasta que la amazona acabó con todo el líquido antes de recostarla de nuevo. Luego se dedicó a cambiarle los vendajes-. Lo sé. Gracias -dijo la orgullosa guerrera un momento después. Ephiny tenía los ojos cerrados, pero aun así era consciente de que Xena estaba llorando. Hubo un tiempo en que Ephiny pensaba que la princesa guerrera sería incapaz de redimirse, de dar un giro a su vida, de ser una mujer en lugar de un señor de la guerra. Ahora se alegraba de su error, pero también le entristecía que Gabrielle hubiese sido el motivo de aquel cambio. Era un lazo irrompible que Ephiny sabía que nunca experimentaría. Esperaba que la pérdida de Gabrielle no la devolviera a lo que fue en otro tiempo.

 

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Gabrielle tenía la boca reseca y el estómago encogido para cuando encontró un pequeño riachuelo. Se tumbó y hundió la cabeza en el agua, abriendo la boca y engullendo el claro y fresco líquido. Luego se sentó y miró a su alrededor, intentando recuperar el rastro. No le fue difícil. Su secuestrador no había hecho ningún esfuerzo por cubrir sus huellas. Miró de nuevo a su muslo. Los vendajes estaban cubiertos de sangre y suciedad. Quería quitárselos y limpiar la herida, pero no tenía nada más con que cubrirla después. Estaba segura de que comenzaba a infectarse. Sentía la zona caliente al tacto. Luego descubrió lo pálida que tenía la piel. Ya había perdido mucha sangre. Limpiar la herida provocaría que comenzara a sangrar de nuevo. Poco convencida de ambas opciones, dejó de pensar en los vendajes. El sonido de los cascos de un caballo resonaron en sus oídos. ¿Amigo o enemigo? Se humedeció los labios y emitió un trino de pájaro. En su débil estado, sonó demasiado ronco como para pasar por cualquiera de los pájaros que conocía. Lo intentó de nuevo. Luego escuchó un canto de paloma. Dejó escapar un suspiro de alegría. Amazonas. Empezó a gritar. -¡Socorro! ¡Por favor! -La voz le falló y prorrumpió en una tos seca. Una amazona, orientada por la tos de una mujer, entró en el claro.

Ralla sacó los pocos útiles que llevaba en su silla de montar y corrió junto a la bardo. Cortó el precario vendaje de su muslo y examinó la herida de la flecha. La infección era evidente. Ni siquiera tuvo que tocarla para sentir el calor que despedía. Utilizó un trapo para limpiar el pus y la sangre antes de cubrirla de nuevo con un paño limpio. Quitó el tapón de su odre de agua y obligó a Gabrielle a beber. No podía hacer más hasta no recibir ayuda. La reina estaba demasiado débil como para montar sola y Ralla no podía llevarla y controlar su caballo al mismo tiempo a través del espeso bosque. Escuchó caballos acercándose y emitió su canto de pájaro. Recibió la respuesta que quería y se levantó mientras otro caballo y su amazona penetraban en el claro.

-Tyna, es la reina -informó Ralla a recién llegada. Tyna desmontó rápidamente-. Está demasiado débil para caminar o montar sola.

Ralla comprobó con desaliento que la bardo sangraba abundantemente a través de las vendas. Tyna también lo vio-. No hay tiempo que perder, Ralla. Monta tu caballo y yo te ayudaré con ella. Os tendré que llevar de las riendas. -Ralla obedeció a toda prisa, acomodándose sobre su silla y luego ayudando a Dyna a subir a la debilitada reina. Sosteniendo a Gabrielle con ambas manos, Ralla indicó a Tyna que agarrara las riendas y se encaminara a casa. Tyna por su parte comprobó que la sangre había empapado los vendajes y corría libremente por la pierna de la reina. Se les acababa el tiempo.

 

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Xena contempló a Eponin prender la primera de las piras funerarias. El ennegrecido humo pronto invadió el ambiente nocturno. La guerrera necesitaba un poco de tiempo lejos de las enloquecedoras consecuencias de aquella sangrienta batalla. Fue hasta una tranquila zona boscosa y se sentó en el suelo. Mientras mirabas las enormes llamas, pensó en cuántas veces habría encendido ella otras similares. ¿Cuántos hombres habían muerto bajo su mando? Los años le habían hecho perder la cuenta. Sus nombres, sus caras se difuminaban, ya nada estaba claro excepto la devastación que había dejado a su paso. Ahora estaba intentando cambiar todo aquello. Se frotó los hombros, rígidos y doloridos por el esfuerzo de los últimos días. Un cálido recuerdo de las manos de Gabrielle sobre ellos invadió su mente. La bardo siempre sabía dónde sentía el dolor y cómo hacerlo desaparecer-. Oh, Gabrielle. Ojalá pudieses calmar también el dolor de mi corazón -exclamó mirando al cielo. No pudo seguir controlando las lágrimas y dejó que cruzaran su rostro. Lloró por la insensatez de la batalla, por la pérdida de tantas vidas, por la muerte y la destrucción de la guerra. Y sobre todo eso, lloró por Gabrielle, la única luz de su vida.

 

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La marcha de Ralla y Tyna parecía eterna. La luna no ayudaba precisamente a superar el irregular terreno. Si hubiesen estado solas, se habrían arriesgado a ir por el sendero, forzando sus monturas al límite. Pero con la reina herida, aquello ni siquiera era una opción. Tyna iba delante, llevando sus riendas en una mano y las de Ralla en la otra. Ésta por su parte estaba ocupada intentando mantener a la bardo sobre la silla. Durante un rato había rodeado la cintura de Gabrielle con ambas manos, pero al sentir la sangre empapar su propia pierna se vio obligada a utilizar una de sus manos para presionar contra la herida y detener así en parte la hemorragia. Hubo varias veces en que un movimiento del caballo casi le hizo soltar a la joven reina. Tyna mencionó brevemente la posibilidad de acampar y pasar la noche allí, pero ambas desecharon la idea. Aun sin hablar entre ellas, tenían miedo de que la reina no durase mucho más.

 

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Eponin encontró a Xena tumbada en el suelo junto a un grupo de árboles. Los primeros tonos del alba comenzaban ya a teñir el horizonte. Apolo comenzaba un nuevo viaje. La amazona estaba a menos de cinco pasos de distancia cuando Xena abrió los ojos y la miró, con una pregunta muda dibujada en los ojos.

-No hay noticias, pero dos de nuestras rastreadoras no regresaron anoche. He enviado un grupo en su dirección.

-Tal vez se trate de otro ataque -dijo Xena en voz baja mientras se levantaba y se acercaba a la reina en funciones-. Deberíamos dar la voz de alarma, por si acaso. -Eponin asintió, visiblemente contrariada por tener que tomar tal decisión.

-Xena, anoche perdimos a otras cuatro.

-Y no creo que sean las últimas. ¿Cómo está Ephiny?

-Aún tiene fiebre. -La cara de Eponin revelaba la tensión de los últimos dos días. Sus ojos estaban cercados por huellas oscuras que desvelaban la falta de sueño. Se pasó los dedos por el pelo e intentó centrarse en lo que tenían delante-. Las bajas ascienden ya a noventa. Hemos perdido a nuestra forjadora, toda la guardia real, la mitad de las arqueras y cincuenta de nuestras mejores guerreras. Si hubiese otro ataque, no creo que pudiésemos oponer demasiada resistencia. -Su voz traicionó el sentimiento de impotencia que llenaba su corazón.

-Será mejor que vaya a comer algo -dijo Xena en voz baja. No le apetecía en realidad. No sentía nada excepto un doloroso entumecimiento en el corazón.

Un gran alboroto en la puerta sur llamó la atención de Xena y Eponin. Echaron a correr en aquella dirección.

 

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Tyna desmontó y ayudó a Ralla a bajar a Gabrielle hasta el suelo. Varias amazonas llegaron corriendo para comprobar el motivo de las frenéticas llamadas que habían escuchado. Se escucharon murmullos y exclamaciones de asombro al descubrir que habían encontrado a la reina. Xena se abrió camino entre la multitud, con Eponin pisándole los talones. La inexpresable alegría por ver a Gabrielle fue reemplazada por terror al ver su ensangrentada pierna. La bardo estaba fantasmalmente pálida debido a la pérdida de sangre. Su muslo estaba teñido de un rojo brillante bajo las vendas, confirmando con ello una grave infección. Las amazonas retrocedieron cuando Xena levantó a su querida bardo con sus fuertes brazos y la llevó cuidadosamente hasta el palacio. La cabaña de la curandera estaba aún atestada de pacientes.

 

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Al deshacerse de la cota de metal, Xena se sorprendió de que Gabrielle no llevara camisa. Un vistazo rápido le confirmó que la bardo no había sido sexualmente agredida, por lo cual Xena dirigió un rápido agradecimiento a cualquier dios que estuviese escuchándola en ese momento. A toda prisa, Xena buscó más heridas antes de quitar el vendaje y confirmar sus sospechas. Gabrielle sufría una grave infección. No podía coser la herida mientras estuviese así. Miró más detenidamente. Era en efecto una herida de flecha, y muy profunda por lo que podía ver. Debía hallar el modo de bajar la infección y además detener su avance. Aún estaba pensando en eso cuando oyó unos ligeros golpes en la puerta-. Pasa -dijo en voz baja.

-No quiero molestar -dijo Dyna entrando en la habitación-. Oí que habían encontrado a Gabrielle y quería saber si puedo ayudar en algo. -Xena se giró y miró a la joven. Una idea cruzó entonces su mente.

-De hecho sí. ¿Puedes quedarte con ella mientras voy a buscar una cosa? -La joven amazona asintió enérgicamente. Xena le entregó un recipiente con agua fría y algunos trapos limpios-. Aplícale compresas frías. Volveré tan pronto como pueda. -Xena agarró su chakram y su daga. La espada no sería necesaria. Se detuvo junto a la puerta-. Dyna. -La amazona se giró-. No la dejes sola. Confío en que la cuides hasta que yo regrese, ¿entendido?

-Sí, Xena. No me moveré hasta que vuelvas. Tienes mi palabra. -La guerrera asintió como señal de conformidad. Retrocediendo a grandes zancadas, Xena depositó sus labios sobre la ardiente frente de la bardo.

-Volveré pronto, mi amor. -Xena pensó en lo que estaba a punto de hacer-. No te va a gustar, pero juro que pronto estarás mejor.

 

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Xena atravesó el bosque hasta llegar a la zona en que la matanza había sido más cruenta. Fue hasta un conejo muerto, otra víctima de la lucha. Utilizando su daga, lo empujó hasta darle la vuelta. Allí encontró lo que andaba buscando. Empleó el chakram para rasgar la carne del animal, extrajo con cuidado tantos gusanos como pudo encontrar y los puso en una pequeña bolsa de cuero antes de correr de vuelta a la aldea.

 

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Apartó las vendas y puso los gusanos sobre la herida abierta antes de volver a cubrirla. Ahora lo único que podía hacer era esperar y ver si aquello funcionaba. Gabrielle aún no había recuperado la consciencia y, en cierto modo, Xena lo prefería así. Conocía la aversión de la bardo hacia todo tipo de criaturas pequeñas y bichos, y suponía cuál sería su reacción ante estos en concreto. Tras dar unas cuantas instrucciones a Dyna, la guerrera se dirigió hacia la cabaña de Saras para ayudar con las otras víctimas.

 

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Ya era de noche cuando Xena pudo regresar. Llevó consigo dos cuencos de estofado. Entregó uno a Dyna y aprovechó la oportunidad para agradecer a la joven el que hubiese vigilado a Gabrielle. Xena se recostó en una silla y engulló su comida, sin molestarse en saborearla. Lo hacía únicamente porque necesitaba reponer energías. Dyna se disculpó y prometió volver por la mañana para seguir con la vigilancia. Xena fue entonces hasta la cama y se sentó. Estuvo tentada de examinar la herida, pero sabía que aún no podían haberse producido demasiados cambios. Se tumbó junto a Gabrielle y pronto cayó dormida, envolviendo con sus brazos uno de los de Gabrielle.

 

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Tras una rápida escapada al lavabo, Xena echó un vistazo a la herida. El enrojecimiento era visiblemente menor que el día anterior, así como el calor que despedía la zona. La guerrera dejó escapar un suspiro de alivio y se deshizo de los gusanos. Habían hecho lo que se esperaba de ellos, alimentarse únicamente de la carne infectada dejando intacta el resto. Después de limpiar la zona a conciencia, la cosió con puntos pequeños y precisos. Dyna llegó y retomó su vigilancia para que Xena pudiese ir a hacerse cargo del resto de las mujeres heridas.

Ephiny contempló a Xena cambiar eficientemente sus vendas. Aunque le habían hablado del regreso de Gabrielle, Xena no había dicho una palabra al respecto. Incapaz de aguantar el silencio ni un segundo más, la amazona empezó a hablar. -Xena, ¿cómo está?

-Ha perdido mucha sangre -dijo la guerrera en voz baja y sin levantar la vista-. Tu estado va mejorando. Deberías poder levantarte y caminar en pocos días.

-¿Hay algo que pueda hacer? -No estaba dispuesta a permitir a su vieja amiga aquel cambio de tema tan repentino. Al igual que Gabrielle, Ephiny conocía bien las tácticas de la guerrera.

-Nada excepto esperar. -Xena elevó la mirada y miró a los ojos a la amazona-. Se pondrá bien, Ephiny. Sé que lo hará. Hay demasiados dioses velando por ella.

-Artemisa siempre cuida de sus reinas -afirmó la amazona.

-También Afrodita.

-¿Afrodita? -preguntó Ephiny. Xena rompió el contacto visual.

-Ella nos bendijo.

-No lo sabía -dijo levemente la amazona. Un incómodo silencio cayó sobre ellas antes de que Xena tuviese oportunidad de hablar de nuevo.

-Sabes que la quiero, Ephiny. Daría mi vida por ella. -Para la estoica guerrera, aquella era una afirmación más grande que ninguna otra que hubiese hecho en su vida.

-Lo sé, Xena. -Ephiny alzó una mano, tocó el hombro de la guerrera y permaneció así, sorprendida de que no hiciese nada por apartarla-. Siento el modo en que reaccioné. Ya sabes que no quería decir lo que dije.

-Sé lo que querías decir -dijo Xena con seriedad-. Pero eso ahora pertenece al pasado. Centrémonos en curar heridas, no en abrirlas de nuevo. -La amazona comprendió el doble sentido de aquellas palabras. Xena se levantó-. Ahora necesitas descansar. Volveré a verte más tarde.

 

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Gabrielle abrió los ojos lentamente y se encontró frente a otros, los más hermosos que había visto en su vida. -Xena -dijo con la boca seca una vez más.

-Shh -dijo la guerrera acercándole el odre de agua-. Bebe, te hará bien. -Llevó el pellejo hasta los labios de Gabrielle y esperó hasta que se sació del claro y fresco líquido-. Eso es. -Luego depositó su cabeza sobre la almohada-. ¿Cómo te sientes?

-Me duele todo -dijo con una mueca de dolor al intentar moverse-. ¿Y tú?

-Bien. -Gabrielle no creyó a su grande y estúpida guerrera ni por un momento. Los círculos oscuros bajo sus ojos y la expresión de cansancio en su rostro le revelaron lo exhausta que estaba.

-¿Cómo me encontraste? -Asumía que había sido Xena la que la había rescatado. Así sucedía normalmente. Ella se metía en problemas y Xena la sacaba de ellos. Así era como funcionaba.

-No fui yo. Eponin envió amazonas a buscarte. Ellas te trajeron de vuelta.

-¿Tú no fuiste a buscarme? -Gabrielle no podía creerlo-. ¿Estabas herida? -No se le ocurría ninguna otra razón por la que Xena no hubiese ido tras ella. Y se sorprendió aún más al ver a la guerrera negar con la cabeza.

-No podía. Había demasiadas heridas y víctimas para que Saras se encargara de todo. Por mucho que quisiera ir a buscarte, me necesitaban aquí. -Cubrió una de las pequeñas manos de Gabrielle con las suyas-. Gabrielle, no tuve elección. Si me hubiese marchado habrían muerto demasiadas amazonas. Muchas más de las que de hecho hemos perdido.

-Lo sé. Hiciste lo correcto. -La reina tomó otro trago de agua-. ¿Cuántas? -Las visiones atravesaron la mente de la bardo. Escenas de la batalla. Desfallecida en el suelo, indefensa, contemplando caer una amazona tras otra, atravesadas por flechas y espadas.

-Ya habrá tiempo de hablar de eso, Gabrielle. Ahora necesitas descansar.

-No. Xena, dímelo. ¿Cuántas de mis hermanas murieron?

-Demasiadas. -Consciente de que aquella respuesta no sería suficiente para ella, Xena se obligó a pensar-. Perdimos sesenta y nueve guerreras y veinte arqueras en la batalla. Otras veintiocho murieron por las heridas al día siguiente. También quince civiles.

-¿Y la guardia real? -Gabrielle sabía que las pérdidas eran importantes. Había visto de primera mano la mayoría de aquellas muertes antes de caer. Xena miró al suelo-. ¿Xena? Dímelo.

-Murieron todas, Gabrielle. Hicieron aquello para lo que habían sido entrenadas. Proteger a la reina a toda costa. -Xena pensó en la enorme pira funeraria de la noche anterior. Aquellas mujeres habían sido honradas con una ceremonia por su último sacrificio. Xena sintió la mano de Gabrielle apretar la suya.

-¿E... Ephiny? -susurró la joven reina a media voz.

-Está viva. -Xena lo dejó así-. Gabrielle, ¿recuerdas algo? Las rastreadoras me dijeron que te encontraron a unas veinte leguas de aquí.

-Un poco. -Gabrielle se obligó a incorporarse, utilizando el cabecero como apoyo. Xena lo hizo también y rodeó a su amada con sus brazos. Gabrielle respondió inmediatamente apoyando su cabeza contra el pecho de la guerrera-. Recuerdo que pensé que todo aquello era una trampa. Reunimos a tantas mujeres como pudimos para contenerles hasta que llegaran las guerreras. Ephiny y yo nos separamos del resto y nos superaron. Me alcanzó una flecha... -Su mirada fue hasta su muslo vendado. Xena la abrazó con más fuerza, en parte para consolarla, pero sobre todo para consolarse a sí misma-. Lo hicimos lo mejor que pudimos, Xena, pero era demasiados. Recuerdo que caí al suelo y el ruido de la batalla rodeándome. Dos hombres me levantaron y me subieron a un caballo. Lo siento, no tuve fuerzas para luchar con ellos.

-Shh, está bien. -Xena esperó hasta que las lagrimas dejaron de fluir-. Continúa.

-Bueno -dijo sollozando-, me desperté en un barco. Casi no podía ver la orilla y sabía que tenía que volver. Tenía que volver contigo. No sé en lo que estaba pensando. Salté por la borda.

-¿Saltaste por la borda? ¿Te tiraste al océano desde un barco? Gabrielle, ¿tienes idea de lo peligroso que es eso? -Visiones de las criaturas submarinas más exóticas y mortíferas de Poseidón vinieron a la mente de Xena.

-No me lo pareció tanto comparado con quedarme en aquel barco. No sé cómo conseguí llegar a la orilla. Me desperté allí y comencé a caminar. No recuerdo mucho más.

-Gabrielle, ¿qué le pasó a tu camisa? -A pesar de la falta de evidencias de un ataque, Xena quiso asegurarse.

-La usé para parar la hemorragia. -Gabrielle descubrió con satisfacción una sonrisa en los labios de Xena. "Sí, eso es exactamente lo que habría hecho ella", pensó la bardo.

-Has perdido mucha sangre. Hiciste bien intentándolo. -Xena se detuvo un momento-. Gabrielle, te quiero. -Tantos días de miedo por fin pudieron con la guerrera. Atrajo a Gabrielle hacia sí mientras las lágrimas manaban de sus ojos azules.

-Yo también te quiero. Dioses, Xena, no sabía si volvería a verte. Todo lo que podía pensar era en volver contigo. -Se abrazaron con fuerza, deseando no tener que soltarse jamás. Xena esperó hasta escuchar el familiar ritmo de la respiración de Gabrielle que le indicaba que se había dormido. Se tumbó junto a ella, acariciándole el pelo, hasta caer también en un profundo letargo.

 

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Ciento cuarenta y siete amazonas murieron como consecuencia de la batalla contra los invasores. La tallista en piedra hizo una placa conmemorativa para honrar a las heroínas caídas. Gabrielle insistió en estar allí cuando la piedra fuese colocada junto a la puerta sur. A regañadientes, Xena accedió, pero obligó a la reina a volver a la cama en el mismo momento en que la ceremonia finalizó. Había pasado una semana desde que la encontraron y Gabrielle sólo ahora comenzaba a recuperar el tono normal de su piel. Convencida de que no habría más ataques, las amazonas se dispusieron a retomar sus vidas con la mayor normalidad posible. Cinco mujeres comenzaron a entrenarse para formar la nueva guardia real mientras otras muchas lo hicieron como arqueras y guerreras. Aris estudió la posibilidad de reemplazar a la herrera. Todas se emplearon a fondo para ayudar en lo que pudieran, pero la pérdida era aún palpable. Ephiny se curaba con mucha lentitud, y fue una de las últimas en librarse de los cuidados de Saras.

 

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-¿Xena?

-¿Hmm? -La guerrera estaba limpiando su armadura, algo que no hacía desde el día de la batalla.

-¿Recuerdas lo que dijo Atenea sobre tu lado oscuro y tu miedo a que sobrepasara a tu razón? -Xena dejó lo que estaba haciendo y miró a su amada-. Bueno -continuó Gabrielle-, he estado pensando en eso. Creo que quedarte aquí y ayudar a las heridas fue lo correcto. Tu lado oscuro, tu parte egoísta, quería ir a buscarme, pero el lado bueno te convenció para que te quedaras y salvaras todas esas vidas.

-No las salvé a todas, Gabrielle. Veintisiete mujeres murieron bajo mis cuidados. Nunca antes había perdido a tanta gente en una batalla.

-¿Pero a cuántas otras salvaste? -Gabrielle se inclinó hacia ella y puso una mano sobre su brazo-. Xena, hiciste lo correcto. Estudiaste todo el problema, no sólo la parte que te afectaba, sino cómo afectaba a toda la nación amazona. Hace unos cuantos veranos no habrías hecho algo así.

-Supongo que tienes razón -dijo Xena pensativamente. Era verdad. En sus días como señor de la guerra no se habría preocupado por nada excepto sus propias necesidades y deseos. Aquellos días anteriores a Gabrielle, antes de que la joven mujer derribase los muros que rodeaban el corazón de Xena.

 

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Las dormidas amantes estaban la una junto a la otra, completamente exhaustas después de hacer el amor. Ante el cambio de luz, Xena se despertó de golpe y se incorporó, buscando su espada. Después de darse cuenta de que la brillante luz no era una amenaza, sacudió con delicadeza a la bardo. -Gabrielle, despierta-. Nada. -¡Gabrielle!

-Hrmmpf.

-¡Gabrielle! -Xena la destapó tirando de la manta.

-¿Qué? -preguntó la bardo de mal humor-. Aún no puede ser de día. -Se puso boca arriba y abrió los ojos-. Oh -dijo al ver el motivo de aquella interrupción en su sueño.

-Tendrás que disculparla. No es lo que se dice una persona agradable cuando se despierta -dijo Xena cubriendo el cuerpo desnudo de la bardo con la manta y alcanzando sus camisas.

-¿Cómo estás, mi pequeña? -preguntó Artemisa mirando a la reina, ocupada intentando hacer desaparecer el sueño de sus ojos.

-Mejor, gracias -dijo Gabrielle aún medio dormida.

-Eso parece -dijo la diosa contemplándolas mientras se vestían a toda prisa. Gabrielle se sonrojó. Xena gruñó algo incoherente. Ignorando a la guerrera, Artemisa devolvió su atención a la Reina-. Has tenido suerte. -Una pícara sonrisa cruzó la cara de Artemisa-. Dime, jovencita, ¿qué te hizo creer que podrías nadar desde aquel barco hasta la orilla?

-¿Cómo...?

-¿Pensabas que ignoraría una plegaria de la reina de mis amazonas? Te oí, al igual que Atenea y Poseidón. Por cierto, deberías visitar su templo la próxima vez que pases por Atenas. Le gusta que los mortales le agradezcan su ayuda.

-¿Su ayuda? -preguntó Gabrielle, ahora profundamente confusa. Artemisa rió levemente, llenando con su argéntea voz toda la habitación.

-Pequeña, yo no tengo poder sobre las aguas. Te desmayaste muy lejos de la orilla. -Artemisa hizo una pausa al ver la expresión de asombro en la cara de Xena-. Poseidón te elevó con una de sus olas y te depositó en tierra con mucho cuidado. -La diosa suspiró-. Odio deberle favores. -Luego sonrió a la bardo-. Pero supongo que valió la pena. -Gabrielle se sonrojó ante el afecto ofrecido por la poderosa deidad. Volviéndose ahora hacia asuntos más serios, la diosa miró a Xena-. No estaba segura con respecto a ti, Xena. Debo admitir que tenía serias dudas acerca de tu habilidad para hacer el mayor bien por encima de tus sentimientos. Me alegra comprobar que estaba equivocada.

-¿Quiénes eran esos invasores, Artemisa? -preguntó Xena rotundamente, ignorando el cumplido que la diosa acababa de dirigirle.

-Hay personas que no cambian nunca. -Suspiró, arrancando una risita ahogada del interior de Gabrielle. Xena dirigió a su amante una breve mirada antes de devolver su atención a Artemisa.

-¿Quiénes eran?

-Aquellos hombres estaban liderados por Garath. -Contempló con satisfacción el hecho de que Xena pareció reconocer el nombre. Volviendo la mirada hacia Gabrielle, le explicó-. Es un hombre cruel. Su intención era tomar la aldea amazona y vender a las chicas como esclavas. Luego te secuestró al darse cuenta de que la batalla estaba perdida. -Una sonrisa malévola se dibujó en los labios de la diosa-. Deberías haber visto su cara cuando la marea destrozó su barco. -La sonrisa desapareció-. Sólo un estúpido pensaría que podría acabar con tantas de mis amazonas y marcharse sin más. -Artemisa asintió cuando Xena le dio las gracias en silencio-. Tu trabajo aquí ha terminado, Gabrielle. Has salvado a mis hijas y mi nación. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

-No, diosa. Os agradezco a ti y a Poseidón que me salvarais la vida -dijo Gabrielle cortésmente. Xena sonrió ante la humildad de la bardo.

-De hecho, sí que hay algo, mi pequeña. Se supone que vosotras dos ibais a permanecer en la cabaña de Hércules durante cuatro lunas. Os saqué de allí después de tan sólo una y media. -Artemisa sonrió al ver iluminarse los ojos de Gabrielle-. Creo que os debo dos lunas y media más. Os diré lo que haremos. Hicisteis un trabajo magnífico, ¿por qué no las redondeamos a tres? Sí, tres lunas suena a tiempo suficiente.

-No sé, Gabrielle. Ya me estaba volviendo loca después de una. No sé si aguantaré otras tres.

-Seguro que puedo encontrar el modo de mantenerte ocupada -dijo la reina-. Aún hay un par de cosas que Hércules e Iolaus compraron y no he tenido ocasión de usar... emmmmm... Quiero decir, de enseñarte. -Gabrielle sonrió mientras Xena levantaba una de sus cejas.

 

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Una inusual tormenta de nieve tiñó de blanco la montaña, manteniéndola copada durante una luna más. En algún lugar de las colinas, una bardo contaba una historia ante la más entusiasta audiencia de una sola persona que se hubiese visto jamás.

 

Fin

 


Nota de la autora: Bueno, ya está. Se acabó. ¿Qué te ha parecido? Cuéntame. Puedes enviar cualquier comentario a la dirección: bl@blmiller.net

Escrito originariamente en abril de 1997.

Revisado el 29 de mayo de 1997.